Educar es combatir

Instituciones educativas de todos el país se organizan para luchar contra el bullyng.

Salir de la matriz «víctima – victimario», de las estrategias de culpabilización y del señalamiento a la escuela como única responsible. Preguntarse por los condicionamientos de la “trama social”, del lazo “hecho trizas” y del imperativo de la crueldad, por los desplazamientos del Estado y el impacto del desfinanciamiento de la educación. Todo eso proponen Sandra Nicastro y Paula Fainsod, especialistas en educación, en un diálogo con Página/12 que busca encontrar algunas respuestas sobre el rol de la escuela y el sistema educativo en relación a los casos de violencia escolar como el ocurrido esta semana en Santa Fe.

Docentes de la licenciatura y del profesorado en Ciencias de la Educación, y referentes de la Tecnicatura Universitaria en Acompañamiento de Trayectorias Educativas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, las especialistas sostienen que es necesario “leer lo que está pasando más allá de las estrategias institucionales que una escuela pueda o no tomar y en el marco de un escenario general en el que se articulan factores sociales muy complejos“.

–¿Cómo es ese escenario para los chicos y chicas?

Sandra Nicastro —El escenario es uno en el que las institucionalidades están desprestigiadas, el lazo social está hecho trizas, en el que hablar de un proyecto o de un futuro es casi romántico, y en el que la crueldad aparece como el rasgo principal que tiene que tener un intercambio entre sujetos. Tenemos escucha de situaciones de violencia en las escuelas desde hace mucho tiempo. Pero cuando eso se expresa, lo que nosotras proponemos preguntarnos es de qué habla esa violencia, a qué le está poniendo nombre. ¿Nos quedamos diciendo que es un problema de tal o cual jurisdicción, que es un ajuste de cuentas, un problema entre pibes, o podemos pensar que esas situaciones complejas son expresión de una época?

Paula Fainsod –Cuando ocurren estas cosas proponemos leer cómo se llegó a eso. Pensar cómo se leen, cómo se acompañan estas situaciones y qué dispositivos se crean. De no ser así, todo queda en la ilusión de que la escuela “no vio lo que pasaba”, una mirada completamente simplista del problema que oculta que la escuela trabaja sobre una realidad en la que muchas cosas están rotas. Hay que evitar las lecturas unicausales que imposibilitan mirar otras dimensiones.

–¿Lecturas como cuáles?

P.F. –Primero hay que intentar salir de la lógica «víctima y victimario» sobre la que se regocijan muchos análisis de este caso. Salir de una matriz «causa-efecto» que tapona todos los condicionamientos sociales que están detrás de lo ocurrido y que invisibiliza las cadenas de responsabilidades que se anudan en la cuestión social.

S.N. –Esto es importante porque los tipos de lectura condicionan las modalidades de respuesta: querer encontrar culpablespsicopatologizar las situaciones todo el tiempo, buscar salidas unidireccionales. Creo que se trata de evitar culpabilizar, de no ponerse en lugares heroicos y de buscar lecturas que propongan mirar estos hechos en una trama social, política y cultural. No se puede omitir, por ejemplo, pensar en el lugar actual del Estado o en qué significa hoy ir a la escuela para los chicos y chicas. Hacer preguntas que no descuiden lo singular, pero siempre enmarcadas en tramas colectivas: ¿Cuáles son las condiciones institucionales y las políticas públicas actuales que permiten que los jóvenes puedan imaginarse en otros lugares o que les ocurra algo diferente? ¿Qué les ofrece el sistema hoy? ¿Hay espacios de encuentro, de pensamiento, de poder poner palabra?

–¿Los hay?

S.N. –Hay profesionales que acompañan de diferentes modos. Los hay porque somos un país con mucha experiencia en este ámbito, pero creo que no tenemos que pensar que esto se trate de encontrar un dispositivo sofisticado o un profesional super experto en la materia, porque eso sería meter bajo la alfombra la dimensión política del hecho y lo que les pasa a los pibes y pibas en la escuela de hoy. Habría que preguntarse, en todo caso, con qué enfoques se están abordando los casos. A veces contás con el dispositivo, pero el enfoque tiene que ver con mirar al pibe o a la piba como alguien suelto, responsible de su propio recorrido, como si las cuestiones educativas fueran sólo privadas, cuando cualquier recorrido es institucional y político.

P.F. –También hay que decir que cuando los y las docentes intentan proponer una lectura con dimensiones diversas para pensar la escuela, lecturas que permitan llegar a problematizaciones críticas de lo que les pasa a les pibes, son fuertemente atacados. Por ejemplo, hablar hoy de masculinidades, de la relación entre los jóvenes varones y la violencia en un escenario donde es alentada por discursos de odio, implica recibir un ataque inmediato por “dogmatizante” o “adoctrinador”. Ahí se construye un círculo del que es difícil salir: acusan a la escuela de “no ver” lo que pasa o de no tener protocolos, pero cuando quiere poner sobre la mesa estos planteos es atacada. Todo en un contexto de políticas públicas que se desplomaron en términos de capacitación y acompañamiento.

–En ese contexto que describen, ¿hasta dónde consideran que pueden actuar las escuelas en una situación como la de Santa Fe?

S.N. –Primero hay que decir que nada va a poder calmar ni reparar el dolor y el horror que se vivió, pero siempre es importante tener el resguardo de aclarar que como educadores y educadoras no podemos anticipar todo. Hay algo de ese límite que se está jugando hoy y que implica que en casos tan extremos no se trata sólo de tener buenos protocolos o dispositivos, sino de pensar políticamente la educación y la escuela. Hay que entender que cuando decimos escuela hablamos de una institución social y política, que forma parte de un sistema educativo, de un Estado, de política educativas y de una época. Y en este contexto no se puede obviar que la escuela está siendo objeto de abandono, que el trabajo docente está precarizado, que se desmantelan los programas, proyectos y líneas de acción, y que así se banaliza su propia función. En este caso, obviar eso lleva de vuelta a enfocar la lectura sólo en la familia del joven, en el propio chico o en la escuela.

P.F. –También hay que decir que un abordaje que vea todas las dimensiones de la problemática implica abrir preguntas sobre las instituciones que requieren tiempo. Tiempo de transformación, de contención, de trabajo sobre los procesos que se detectan. No es “un llame ya, resuelva ya”, aunque el contexto imperante parezca indicar que todo debe ser así. Hay en el medio procesos, figuras institucionales y capacitaciones docentes. Muchas cosas que, además, no tenemos en este momento porque están siendo desfinanciadas.

Fuente: www.pagina12.com.ar

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